La Machix

Cuesta llegar a La Machix cada día. Ojalá fuera como en las películas, vía telefónica, teletransportada. En la realidad, llegas a la machix en lotes (batch) transportados en micro o metro. Todos ajustados, resignados a entregar el espacio cercano -ese denominado aura- al otro, y no es precisamente 'entrega' ni menos 'servicio'.
Adherida a la pared-ventana de mi transporte, gozo del paisaje urbano. Voy reconociendo a aquella viejecita que pasa cada jueves arrastrando un carro hacia alguna feria de Recoleta. Pero hoy la traigo como un recuerdo agradable de viernes. Esa vieja que un día, cuando iba en el auto de David, la miré y me miró. Incluso me hizo un gesto con la cabeza. Vieja chora.
Las calles en el verano están casi vacías. Cerca del final de la calle El Salto ya no veo a aquel perro que te hacía sentir compasión al verlo correr hacia el viejo en bici, que llegaba al trabajo. A veces veías al gato sentado en el asiento de la bici, y al perro junto al viejo. Ya no está ninguno.
Camino en busca de un café. Este instante es como un escape. Debieras estar en tu cubículo, pero no, estás en el café de la esquina pidiendo un café extra-cargado, con azúcar bien blanca, y unos huevos revueltos. Hay que juntar energías para el último día de la semana. El modelo-cajero de la tienda high level de esta tecnológica ciudad-empresarial me saluda, mientras me siento en una mesa mirando hacia la calle. No sé por qué ver el tránsito de los autos y micros de la rotonda me causa paz. Quizás siento que estoy fuera, fuera de ese mundo. Quizás es porque a unos pasos está el cementerio.
Sin embargo, hay días silenciosos como éste (a veces extrañamente recae en un lunes o miércoles), pero es hoy y viene a mi un poco de relax. Y eso que no fue una semana fácil. El lunes Myr estaba con un nieto fallecido y con otro a punto de pasar al otro mundo. Uno no alcanzó a venir al mundo y el otro se niega a dejarlo. Pepito una vez más salió adelante.
Mi café me despierta y me deja el corazón revuelto. Camino de vuelta al trabajo. Para recibir este día, se vino un remezón con epicentro en Mendoza. No lo sentí, es que venía caminando. Al llegar al piso 11, la empleada del aseo estaba sosteniendo la pared y me habló con ojos raros. Me saqué los audífonos y me preguntó si acaso no sentía el temblor. No, no siento, es que vengo subiendo la escalera y no me di cuenta, dije. Un buen remezón.
Ya de noche, suceden cosas locas también. En mi nicho con vista al oeste, yacía sentada frente a la pantalla cuando unos petardos lejanos me sorprendieron. Es un elicóptero?, es un avión?, es una moto? No, son los fuegos de año nuevo, pero que estallan un 12 de febrero.
Qué es? Por qué? Alguien se equivocó de botón? No, no es la Torre Entel. Será el año nuevo chino? La virgen de la tirana? No, era la fundación de Santiago del Nuevo Extremo.
Me pregunto si Tati habrá estado en su casa cuando estallaron los fuegos. Yo estaba con Rod y nos saludábamos de año nuevo, por adelantado. Buena suerte!

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