Tengo sueños contigo


La sombra es lo que se prefiere no ver.
La interpretación de los sueños, según Carl Gustav Jung.







─No es precisamente del clima de lo que quiero hablar ─interrumpió Juan, haciendo sonar la cuchara cuando revolvia un té.

─Y entonces de qué quieres hablar ─dijo asustada─. Llevo media hora inventando algo que decir. No me gustan los silencios incómodos.
─No ha sido un silencio incómodo...
─Para mí sí, Juan.
─Estaba buscando las palabras precisas.
─No existen palabras precisas, bien lo sabes.
─Es una trampa
─sí, son una trampa... 
─Es que tengo que hacer una confesión.
Entonces Juan se puso de pie. Caminó seis pasos hasta la tetera que estaba sobre la cocina y se sirvió más té. Lucía Pérez lo miraba fijamente.
─¿Una confesión? ¿Qué confesión?
─Llevo mucho tiempo, meses diría yo, teniendo sueños.
─¿Sueños? ¿Qué sueños?
─Sueños contigo...
─Oh, me halagas Juan, pero tú sabes que sólo somos buenos amigos.
─No son precisamente sueños eróticos, Lucía.
─¿No? 
─Son otros sueños. Y me han tenido loco...─Juan Volvió a tomar asiento y acercó la azucarera. Tomó la cuchara y revolvió diez veces para cada lado. Siempre en silencio.
Por la ventana de la cocina, que daba al norte, se podía ver como se marchaba lentamente el sol, haciendo de la cocina un lugar cálido y tibio dónde tomar once... Luego de un rato Juan volvió a hablar, ya en la penumbra.
─Al principio no sabía como tomarlo, pero después entendí que era un mensaje. No, no un mensaje: una misión.
─Y i a h ─Lucía moduló lentamente esa palabra mientras abría un pan con un cuchillo carnicero. Dejó esperar a la palta y al jamón para mirar a Juan a los ojos.
─Juan, tú sabe que puedes ser más directo que ésto. Me tienes intrigada, hombre, por favor.
─¿Te acuerdas cómo nos conocimos?
─Sí, me acuerdo muy bien. Me hiciste la pregunta más rara que me han hecho jamás.
─Te pregunté si acaso eras paciente y si te gustaba jugar juegos, roles...
─Sí...
─Y te dije que yo era un maestro y me pediste que te enseñara.
─Lo recuerdo claramente...
─Y yo te dije que yo era un carnicero
─Sí, me dio risa.
─Y a mí me sorprendió que eso no te diera miedo.
─¿Miedo? ¿Y por qué me iba a dar miedo?
─Lo mismo digo yo cada vez. Pero la gente nunca entiende...
Juan caminó 12 pasos hacia la puerta y la cerró con llave. Se dio vuelta y apoyó la espalda en ella, mirando a Lucía Pérez que lo miraba a su vez con ojos grandes, más grandes que de costumbre. Caminó doce pasos densos, aceitosos, negros.
─Juan ─dijo ella, creyendo sospechar en la parte de atrás de su cabeza lo que estaba sucediendo allí.
Y Juan se acercó muy lentamente a ella y le acarició la nuca. Ella sintió un gran escalofrío y un terror que la dejó muda como en esos sueños que a veces solía tener.
─Calladita ─le dijo─ Calladita.

Comentarios

Manchados ha dicho que…
¡Ay!, también sentí el cosquilleo en la nuca.
Me dejó "los pelos" erizados!

Me da gusto explores con este tipo de cuentos: quedó muy bien, ni un tropiezo en su lectura. Felicitaciones.

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