Un inglés en San Francisco


"Soy el mismo de siempre, se dijo. El estómago apretado le hacía despreciar su soledad. Pensó en golpear la puerta de la habitación del lado, dónde otro contador estaría quizás en la misma situación."


Una ciudad distante es el lugar perfecto para comenzar a ser quien crees que eres.
Al menos eso pensaba él caminando por las calles de la intensa ciudad de San Francisco.
Dejar Londres para llegar a esta ciudad llena de colores, llena de turistas, de Munis que suben y bajan los cerros, llevando consigo a románticos cuesta arriba y cuesta abajo.
Entonces, cómo es que estando en la mejor ciudad del mundo, se encuentra comprando regalos ñoños para su madre. Saca los dólares de su billetera y paga las monedas de madera. "Vale por un abrazo", "vale por una historia", "vale por un beso".
Volvió al hotel. Se sentó en la punta de la cama perfectamente hecha. La ventana se abría a la ciudad y una brisa fría de primavera atraía el ruido de los autos, de la música escapada de algún bar, de las conversaciones divertidas de la calle.
Abrió el frigobar. Las minibotellas no sabían a nada al tacto. Las bolsas con comida sellada compradas en el mercado chino, tampoco sabían a nada al mirarlas.
Soy el mismo de siempre, se dijo. El estómago apretado le hacía despreciar su soledad. Pensó en golpear la puerta de la habitación del lado, dónde otro contador estaría quizás en la misma situación.
Miró otra vez por la ventana. Las luces, la gente en las calles, las mujeres vestidas de año nuevo. Respiró hondo, tomó su chaqueta y salió de la habitación.
Una vez en la calle vio que estaba comenzando a llover. Cruzó al mercado aún abierto a esa hora y por unos centavos consiguió un paraguas. Se cubrió con él y más seguro de si mismo comenzó a caminar por la ciudad sumergida en la noche, con sus faroles encendidos.


Una ciudad distante es el lugar perfecto para comenzar de cero.
Al menos eso pensaba ella caminando por las calles de la milagrosa ciudad de San Francisco.
Nada más perfecto que estar aquí, sin esperar estar aquí, trepando los Munis cuesta arriba y cuesta abajo. 
Los grupos de italianos se toman los troles y munis gritando en cada bajada. El resto camina por las calles de regreso del trabajo o volviendo de sus compras en maicys o gap. Es una primavera dulce, aunque el frío del invierno no se ha retirado, pero las ciudades porteñas son así. Nada más parecido a Valparaíso que ésto.

El camino que sigue por la playa frente a Alcatraz cada día tiene algo distinto. Los surfistas, los transeúntes, los ciclistas, los corredores. A lo lejos el golden gate es golpeado suavemente por el sol y la bruma. Sobre los cerros las gentes se quedan en silencio vibrando en el instante preciso que el sol toca los cerros. continuará...

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