Me dijeron que estaban regalando comida

Ella está sentada en la cuneta. Sus ojos miran a su alrededor rápidamente, algo le clava profundamente, pues su cara muestra dolor. El gentío corre de un extremo a otro. A su lado una mujer mayor se lleva las manos a la cara y solloza. Tampoco da crédito sus ojos.

–¡Los pacos! –grita un hombre– y sale con un saco de bolsas de azúcar. Los otros, en la bodega, tiran cajas hacia afuera, hacia la turba que balbucea palabras en un idioma ajeno.

–¡Pasa la tele, apúrate! –grita un hombre abriendo los brazos. De la cortina forzada, emerge una lavadora.

–¡Ayúdame con el otro lado! –apremia a su compañero para llevarse un 30 pulgadas.

Ella abraza a su hijo asustado y lo acaricia.
–Tranquilo Andrés, tranquilo.

La micro de pacos se acercan a la escena a toda velocidad. Los hombres y mujeres, como hormigas borbotean desde las cortinas de las bodegas saqueadas. Algunos huyen con sacos y cajas, algunas mujeres saltan saludando a las cámaras que no pierden un segundo de este suceso. El periodista le dice al que lleva la tele, si acaso se la piensa comer. El otro le responde groserías.

El guanaco apunta su arma de fantasía hacia la turba que huye. Otros sacan lo que pueden, sin huir. Otros más preparados, trajeron autos y camionetas. Los patrones ordenan a los empleados ir por más cosas y rápido, mientras le da instrucciones a su chofer. No importa que la tele muestre sus rostros descubiertos. Otros se encapuchan y caminan lento hacia la bodega con la mochila vacía.

La bombas lacrimógenas llueven y el nauseabundo olor del agua empapa a todos. La mujer de la cuneta y su hijo, siguen sentados, fuera del tiempo. Quizás esta es una pesadilla de la que no fueron despertados con el terremoto. Ven pasar a sus vecinos con artefactos eléctricos, ropa e incluso los carros de supermercados cargados de plasmas y cajas de cerveza. Aquí nadie perdió su casa, sólo se quedaron sin agua, sin luz, sin teléfono. Son zombies funcionando en otra frecuencia, saliendo de un mall. Es el instinto básico de supervivencia consumista.

El niño tiene frío.
–Sí, mijito, vamos a ver si encontramos un almacén abierto más allá. Aguanta un poquito más.

***



Días después, los ladrones hacen fila para devolver las cosas, cuando dijeron que se aplicaría todo el rigor de la ley. Estos no eran flaites, como se pensaba en un principio, eran los vecinos del mejor barrio que el dinero podía pagar. Ahora en la calle se hacen los tontos, pensando que este es un país que no tiene memoria.



Trabajo de creación a partir del cuento ENTRE VÁNDALOS, de Sonia Leal
http://miesquinaliteraria.blogspot.com/2010/03/entre-vandalos.html

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