El Tour



La 230 se demoró harto rato en pasar y yo no quería moverme de mi asiento en el paradero. Era el primer día del verano y las calles estaban cerradas para ceder paso a los ciclistas. 
Ibamos a la feria de las pulgas que se pone en las calles sin nombre, mitad de camino entre Indepe y Recoleta. De esas que se arman en las calles pequeñas, donde las vecinas sacan a ventear sus ropas viejas por si alguien quisiera comprarlas a 100 pesos. 
Una micro oruga se detuvo frente a nosotros, dispuesta a devorar la gran manzana de Santiago, en donde el furor de la Navidad se reflejaba en la gente, en sus caras, en sus paquetes envueltos en papeles de regalos aburridos.
Un vendedor ambulante de chicles extra largos, subió para intentar vendernos su historia. Comenzó dramáticamente pero se interrumpió para ayudar a un viejo a subir un carro con bolsas y cajas de mercadería de La Vega. Una vez arriba, presto a ayudar, se ofreció a ir a pagar el pasaje por él. Deme la tarjeta, le dijo. Yo voy. No, yo voy. Nosotros, el público, mirábamos expectantes. El gallito duró varios segundos hasta que el viejo avanzó decidido hacia el torniquete a pagar, dejando el carro con cajas de tomates y bolsas en el pasillo. 
Y de repente, un frenazo inesperado, que nos hizo sujetar manillas y carteras para doblarnos como bambú. 
El frágil carro del viejo cayó. Los tomates rojos rodaron libremente por el piso del bus, eyectados en todas direcciones posibles por inercia. Seguido, el grito de pesar colectivo de hombres y mujeres ante tal evento.

Como acto reflejo, nos agachamos a recoger los tomates que no dejaban de llegar hasta nuestros pies. El piso del bus era una ensalada revuelta con pies y tierra. La cadena humana, la posta, el tomate manoseado era el centro de la atención.
Desde cada esquina comenzaron a volver, mano por mano. Pasaban hasta llegar al pobre viejo que había regresado a buscar el carro y que se sujetaba del pasamanos a la vez que intentaba enderazar la caja vacía. Ésta volvió a llenarse a paso bamboleante, hasta que el último tomate rezagado cubrió el montón, un tanto reventado.
El hombre se sentó y marcó su triunfo ante la adversidad poniendo un pie sobre la caja... algunos se acercaron para aconsejarle sobre como asegurar la mercancía.
El vendedor de chicles XL continuó con su discurso sin sentido. Vendió dos unidades y se bajó de la micro aún en movimiento, en el hospital San José. Era el dueño de la calle.
Una sensación de amor a la humanidad me contagió en mi asiento y me hizo abrazar al amigo que me acompañaba.
Nos bajamos en Dorsal, para caminar y adentrarnos en la población llena de ferias. Era mediodía y la aventura prometía quemarnos con el sol. fin



foto: screenshot del video para Miño, de Los Bunkers.

Comentarios

Javier Molina ha dicho que…
me gustan estos relatos, cotidianos y humanos.

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